No hay regazo más benigno que la eternidad,
ni seguridad comparable con el espacio
sin límite. Del mundo ya no sabemos sino
aquello que nos trae cada noche, elevándose
a nuestra izquierda, la cara de la Luna.
Me siento liberado del deseo de cambio
y distracción. Ninguna otra aventura sino
la del día y la noche, ninguna otra oferta sino
la del Cielo visible, ninguna otra mora sino este
regazo de Aguas ilimitadas que lo reflejan
De Connaissance de l’Est, de Paul Claudel
Existen, sobre todo, dos condiciones temporales en las cuales se da, por así decirlo, la escritura del texto: la primera es contemporánea a la duración del viaje, una suerte de diario completo de lo vivido, mientras que la segunda pertenece a la fase sucesiva de la memoria. Naturalmente, hay una condición intermedia que presupone los dos tiempos diferentes como duración necesaria para la culminación de la obra; el libro de apuntes y su reelaboración final. Estos no pueden determinar una discriminante estética, dado que la calidad del texto se verifica sólo a través de la profundidad de la escritura. Esto depende fundamentalmente del grado de penetración de la realidad y de la veracidad de las cosas.
Género bastardo que mezcla prosa literaria, ensayística y literaria, el diario de viaje obtiene justamente de esta condición liminar la libertad expresiva propia. Cierto, se trata de una escritura temática, pero tiene una amplísima posibilidad de elaboración de los elementos, sean de naturaleza cultural (en la descripción de un lugar, de una ciudad o de un museo hay también un extenso margen de invención) o bien autobiográficos. Si durante todo el siglo XVIII se privilegió la amplia y minuciosa descripción de obras de arte, palacios, iglesias, instituciones y costumbres locales, ya en el siguiente siglo abundan en muchos diarios justamente descripciones de paisajes y de estados de ánimo, de observaciones filosóficas, de arquitectura y de arte, aunque también de consideraciones personales como, por ejemplo, en La vida errante (1888-1889), de Guy de Maupassant:
Nada hace vagar más el espíritu y la imaginación que estar solos bajo el cielo y sobre el agua de noche. Me sentía sobreexcitado, tenso como si hubiera bebido vinos embriagantes, inhalado éter o si hubiera hecho el amor. Una leve brisa nocturna me bañaba la piel con un imperceptible velo; me corría sobre los miembros el placentero estremecimiento del aire, entraba en los pulmones, daba un sensación de beatitud al cuerpo y al espíritu en su inmovilidad.
¿Son más felices o infelices los que reciben sus sensaciones tanto de toda la superficie de su carne como de sus ojos, boca y orejas?
Durante toda la era romántica, sobre todo en Alemania e Inglaterra, donde aquel idioma fue más radical, existía la costumbre del viaje a pie que podía realizarse de una región a otra y durar algunos meses, nacido del encuentro de diversas sugestiones, una de las cuales es la pintura de paisajes, en la que se estaba materializando el espíritu romántico. El escritor inglés Robert Louis Stevenson viajó a pie en Inglaterra y Escocia y, en compañía de un asno (¡su Platero!), a la región francesa de Cevennes; recorridos que recogió en dos preciosos diarios. En nuestros días, el gran director alemán Werner Herzog, incurable romántico, emprendió un viaje a pie de Mónaco a París con un objetivo: ofrecer una copia de uno de sus filmes a un amiga que agonizaba, Lotte Eisner, destacada crítica cinematográfica. De esa experiencia, en cierta forma extrema, nació un hermosísimo diario con un título emblemático, Del caminar sobre el hielo (1980).
“De todos los géneros, el diario de viaje es, salvo raras excepciones, el único que no es narrativo; sustituye el relato con la descripción. En la descripción de un lugar visitado, por ejemplo, interviene una pluralidad de elementos que constituyen la propia esencia del sitio.
En la sociedad de masas actual, a la imagen se le asigna la tarea de transmitir y santificar los lugares y de legitimar la explotación turística, donde por turista se entiende aquel que “parte para regresar”, paradoja sobre la que funda su hipótesis de conocimiento, en lugar de la cual preferimos la resonancia íntima de la escritura que incorpora y transforma todas las imágenes del mundo en un juego vertiginoso de infinitas variaciones…”
Maurizio Fantoni Minnella. Escritor italiano